Con la entrada anterior inicié un mini-ciclo acerca de Vivir desde el Corazón.Esta es una experiencia que recibí de Naymará hace años y hoy que estamos viviendo momentos muy sensibles y se nos pide re-encontrarnos desde ahí, es que quise compartirla contigo.
Mediante el sencillo recurso de seguir nuestra respiración entrando y saliendo, podemos llegar a sentir el ritmo vital – del corazón- que siempre está moviéndose en nuestro cuerpo. Entonces podremos oír las historias que la mente quiere contamos, escuchar los anhelos del corazón y todas las cosas que apreciamos profundamente.
De esta manera podemos escuchar con atención sagrada, con respeto, a fin de llegar a saber cuál es la verdad en el corazón de ese otro. Lo que más nos importa, lo más urgente por hacer está allí, siempre y cuando que dediquemos tiempo a escuchar. Sin embargo, algunas veces nos asustamos. No nos damos cuenta de que el corazón está en capacidad de darse y abrirse en medio de todas las cosas.

Con frecuencia, cuando intentamos escuchar al corazón por vez primera, asoma la tristeza. Todos los asuntos de los que hemos huido, el dolor que nos hemos negado a sentir, las pérdidas que constituyen una parte de nuestra cantidad de tristeza, las lágrimas del mundo, se nos revelan. También nos es dado abrimos a todo ello y escucharlo de manera respetuosa o sagrada; podemos permitir que se despliegue la grandeza de nuestro corazón.
Una mujer cuenta que todas las mañanas, cuando se dirigía a su trabajo, pasaba frente a un indigente. Durante meses echó monedas en su vaso, y poco a poco llegó a establecer con él una relación de saludos con la cabeza. Entonces, un día, comprendió que jamás lo había mirado a los ojos. Tenía la sensación de que, de hacerlo, el hombre terminaría instalado en su casa en menos de una semana. Comprendió que ella se había cerrado.
Al igual que ella, todos tememos no poder aguantar el dolor y la belleza del mundo. También es cierto que el corazón tiene sus estaciones, así como la flor se abre a la luz del Sol y se cierra a la oscuridad.
Debemos respetar esos ritmos, sin embargo no podemos cerrarnos durante mucho tiempo. Nuestra verdadera naturaleza es tener un corazón abierto, así como la verdadera naturaleza de la flor es abrirse a la luz del Sol.
A veces a esto lo llaman nuestra naturaleza divina.
No importa cómo la llamemos, es importante saber que cada corazón tiene una enorme capacidad para contener el mundo. Estamos conectados de manera íntima con todas las cosas y, querámoslo saber o no, nuestro corazón es sensible a todo lo que es verdad en la vida.
El trabajo de nuestro corazón, el trabajo de dedicar el tiempo, de escuchar, de vivir de acuerdo con nuestros valores, “el amar bien” es también nuestro regalo al mundo entero.
Gracias a nuestro coraje interno despertamos el potencial más grande de la vida humana, la única verdadera libertad del ser humano: amar por sobre todas las cosas ♥♥♥

